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Todos somos Fargnoli


La publicación reciente, por parte de Rigau Editores y el Ayuntamiento de Girona, de una parte del fondo del fotógrafo Valentí Fargnoli es una buena excusa para hablar de la preservación de la memoria fotográfica, que hoy tiene formato digital.

Valentí Fargnoli documentó la vida gerundense en el tránsito de los siglos XIX al XX. Un paisaje y unas costumbres que no entenderíamos del mismo modo sin las imágenes de pioneros de la fotografía como él. No resulta atrevido decir que, precisamente, lo que recordamos de aquel tiempo es producto de su mirada. Pero hoy la relación entre la fotografía y el entorno ha cambiado hasta el punto que cualquiera de nosotros se ha convertido en un Fargnoli y, por tanto, casi todo el mundo preserva una mirada personal de todo aquello que le rodea, y por condición de la fotografía digital, lo hace en el ordenador. Y puede ocurrir que, quizás, el ordenador se estropee o el formato de las imágenes quede obsoleto, y que el rincón de la memoria, la manera en que mirábamos el mundo, desaparezca.


Del tiempo del fotógrafo a la fotografía del tiempo

Todavía no está lejano el tiempo en que la memoria colectiva se construía a partir de unas pocas miradas particulares y que las instituciones públicas ejercían la salvaguarda, a través de los archivos o las bibliotecas. Pero cuando todos y cada uno de nosotros llegamos a ser cronistas del tiempo que nos toca vivir desbordamos, por exceso de información, la capacidad de los que hasta ahora habían gestionado la memoria. Todo apunta que la única solución posible es que nosotros mismos nos responsabilizamos del trabajo de salvaguarda, pero, como lo tendríamos que hacer? Hasta ahora, la respuesta era copiar las imágenes que se conservaban en discos duros locales o en servidores externos, pero en el formato en que habían sido tomadas. Sin embargo, los expertos advierten que los formatos de los archivos en que almacenamos las imágenes no sobreviven más de quince años, porque el avance tecnológico les hace obsoletos, lo cual quiere decir que llegará un día en que no podremos mirar las imágenes tomadas tiempo atrás para que los lectores que habrá no sabrán leer los archivos. Estamos ante un problema de alcance considerable.

La Unión Europea, preocupada por la obsolescencia de los formatos, ha financiado el proyecto PROTAGE, que ha provisto las instituciones públicas comunitarias de las herramientas necesarias para impulsar la preservación digital de los contenidos que les son propios. Easy Innova es una empresa derivada de la UdG que ha participado en el proyecto europeo. Su responsable, el profesor Josep Lluís de la Rosa, es del parecer que la sociedad “aún no tiene suficiente conciencia del valor de la preservación digital, pero que la conciencia tiene que llegar, y lo hará con fuerza dramática cuando cada vez más personas se encuentren que no pueden enseñar las fotos de sus hijos pequeños cuando ya son mayores añoranza estrecha. “Precisamente, la participación en el proyecto europeo les ha proporcionado la experiencia necesaria para promover un software de preservación digital de imágenes, para primera vez, de acceso universal, el Pyramid. A finales de enero lo pondrán a disposición de todo aquel que lo quiera descargar desde el sitio web www.pyramid.cat.


Nuestro pasado estarà en la red

El Pyramid, explican desde Easy Innova, es un programa cuyo funcionamiento se sitúa a medio camino del antivirus y la copia de seguridad. De la Rosa explica que «el Pyramid resuelve dos problemas: qué pasa con los archivos cuando se estropea el disco duro y, también, qué pasa cuando queremos acceder a la información y no la podemos abrir». El concepto que mueve el programa es sencillo: simplemente, hace copias en varios formatos de imagen, unos formatos que a medida que pasa el tiempo se actualizan para que se descarten los viejos y se incorporen nuevos, al tiempo que se mantiene una masa crítica de variedades. Actúa como una especie de piedra Rosetta permanente. En una segunda operación el software fragmenta los archivos en paquetes y los distribuye en diversos espacios, sean propios o ajenos, es decir, en el disco duro del ordenador que los produce o en el de los amigos. Amigos, una palabra clave, porque Pyramid aprovecha las ventajas de las redes sociales. Los amigos que se tienen, por ejemplo en Facebook o en Twitter, podrán intercambiar paquetes de información, que quedarán distribuidos en numerosos ordenadores. En caso de producirse alguna catástrofe, es decir, que se pierdan datos o el formato sea obsoleto, el Pyramid «llamará» a los paquetes y reconstruirá el archivo en el formato más adecuado al momento en que se hace la llamada.

El pasado, nuestras imágenes, pues, se extenderán como pequeños fragmentos por la red. El concepto de archivo unificado, el tesoro de hombres como Fargnoli conservado con celo por el mismo fotógrafo y sus sucesores, pierde sentido en la moderna sociedad en red. Todos somos Fargnoli y, a la vez, Fargnoli está por todas partes.


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