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Japón, mar y nuclear


Los devastadores efectos del tsunami en Japón fruto de un terremoto nos muestran una vez más la parte amarga del mar. Las imágenes escalofriantes de la tragedia humana nos recuerdan los riesgos a que nos someten los océanos, aunque también nos han proporcionado históricamente las bases de nuestro bienestar (turismo, pesca, comercio, etcétera).

En el Mediterráneo, las catástrofes naturales incluyen inundaciones,fuertes vietnos de levante e, incluso, pequeños tsunamis como el que afectó Mallorca en 2003 (el tsunami más devastador y cercano fue el que afectó Lisboa en 1755). En las últimas décadas la ciencia ha progresado muchísimo en la previsión de estos fenómenos y la prevención de sus efectos, teniendo en cuenta que las catástrofes naturales han sucedido desde que se originó nuestro planeta y que continuarán pasando en un futuro. A los riesgos naturales hay que añadir los riesgos tecnológicos procedentes de la misma actividad humana, como los procedentes de las plantas nucleares. Aunque el Japón es un país con unos estándares científicos muy elevados de previsión y prevención de riesgos naturales y tecnológicos, los desgraciados hechos que están pasando nos muestran cuán vulnerable el mismo sistema. La amalgama entre riesgo natural y tecnológico es una combinación peligrosa que puede desbocarse, sobre todo cuando se trata de la energía nuclear. No es fácil en estos momentos prever la cantidad exacta de radiactividad que las plantas japonesas finalmente emitirán a la atmósfera y al agua (teniendo en cuenta que se está utilizando agua de mar para enfriar los reactores descontrolados), ni la dirección que tomará esta radiactividad a través de los vientos y corrientes marinas, ni tampoco los impactos que tendrá sobre la salud de las personas y la de los ecosistemas. Algunos apuntan como “mal menor” que estas partículas viajen hacia el mar. Incluso en este “mejor caso”, la radiactividad puede acabar afectando negativamente la salud de los organismos que viven y, de rebote, la de las personas. Antes de desaparecer completamente, la radiactividad se acumula en las aguas, los sedimentos y en la cadena trófica marina, desde las algas hasta los peces, los que causan problemas en su salud (mutaciones, mayor mortalidad, alteraciones en la reproducción). A través del consumo de productos del mar, la radiactividad acaba transfiriendo al hombre. Aunque diferentes estudios concluyen que en condiciones normales el material radiactivo en el mar está por debajo del nivel de peligrosidad, los accidentes nucleares alteran este patrón. Un estudio sobre la radiactividad efectuado después del accidente nuclear de Chernóbil en 1986 nos muestra que dos tercios de la dosis radiactiva de las poblaciones de los países bálticos tenían su origen en la radiactividad procedente del accidente nuclear a través del consumo de pescado contaminado.

Corto y largo plazo

A diferencia de los efectos de las catástrofes naturales como el tsunami, que son muy visibles a corto plazo, la contaminación radiactiva tiene sus efectos a largo plazo para que los elementos radiactivos tardan años en desaparecer de los ecosistemas, y pueden así afectar nuestro bienestar de manera más prolongada. A pesar de que la energía nuclear es considerada por muchos como la más “limpia” porque no produce los gases responsables del calentamiento climático (“dejando aparte” el tema del almacenamiento de los residuos tóxicos) y la más “económica” ( si “descontamos” el elevado coste que tiene la construcción de las plantas nucleares y del tratamiento de los residuos), el desastre tecnológico a las centrales nucleares de Japón, asociado al desastre natural del tsunami, nos muestra la vulnerabilidad del sistema y nos hace plantear una serie de preguntas: por qué el Japón había construido centrales nucleares en zonas costeras que se sabía que son de alto riesgo de terremotos y tsunamis? Tienen las centrales nucleares catalanas, situadas cerca de la costa, los sistemas de seguridad necesarios para hacer frente a riesgos naturales propios de la zona, como inundaciones, terremotos e incluso tsunamis? Vale la pena asumir el inmenso riesgo ecológico, económico y humano que representa una central nuclear a largo plazo a pesar de sus “beneficios” a corto plazo?

Josep Lloret es investigador del Grupo de Ictiología del Departamento de Ciencias Ambientales y profesor en la UdG


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