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22 de marzo Día Mundial del Agua


La Universidad de Girona tiene algo que decir sobre el agua, porque algunos de sus investigadores se han especializado en su conocimiento, estudiando el contexto ambiental, interpretando su gestión o previendo sus necesidades actuales y futuras.

En 1992 la Asamblea General de Naciones Unidas estableció que el 22 de marzo de cada año se conmemoraría el Día Mundial del Agua. Este día es una oportunidad única para recordar que mientras nosotros ignoramos o despreciamos un bien tan fundamental para nuestra vida, muchas personas en el mundo no tienen acceso a la cantidad de agua potable necesaria para su supervivencia.


El agua, un problema complejo

Cuando los investigadores de la UdG deciden estudiar algún aspecto relacionado con el agua, topan con un problema común en cualquier otra investigación, que es saber encontrar el punto intermedio en la proporción de investigación básica y de investigación aplicada. Xavier Casamitjana es consciente de la dificultad de resolver este binomio de manera satisfactoria y reclama para la universidad el espacio en el que pueda darse un equilibrio. Este físico ambiental, que ha trabajado la hidrodinámica de Sau, Susqueda y el Pasteral, destaca la necesidad de disponer de modelos fiables que permitan conocer la evolución de los usos del agua. La geógrafa Anna Ribas, que ha publicado, entre otros libros, Las inundaciones en Girona, insiste en que el gran reto es disminuir la incertidumbre sobre todo aquello que no conocemos de la problemática del agua, y coincide con Casamitjana que la universidad debe aportar conocimiento para disminuir estas incertidumbres. Añade que están muy acostumbrados a hacer contribuciones desde los grupos de investigación, pero “el reto es dar enfoques interdisciplinarios”.

Al debate, que es de los más complejos, se añade otro, que es saber hasta qué punto la investigación que se hace en las universidades debe estar al servicio de las empresas o las instituciones relacionadas con el agua, porque, como dice Sergi Sabater, catedrático de Ecología en la UdG y subdirector del Instituto Catalán de Investigación del Agua (ICRA), “los empresarios nos reclaman que les hagamos caso y que prestemos atención a problemas concretos.” Aquí hay un foco de tensión, porque desde la universidad “no se puede utilizar el cliente de una manera directa, pero tampoco se le puede olvidar”, añade. Sin embargo, el hecho de que desde la universidad se trabaje para ofrecer respuestas no parece una garantía de que estas, si son buenas, puedan llegar a tener aplicación. Es una limitación que apunta la catedrática de Química Analítica Victoria Salvadó, que sostiene que son los gestores económicos y políticos los que no se escuchan bastante los científicos. Para ella, el ejemplo son los Estados Unidos, un país en el que hace muchos años que hay una agencia del agua que aconseja al Gobierno en la toma de decisiones. Quizás la sequía que hemos sufrido los últimos tiempos, dice, “ha hecho que se empezaran a aplicar determinadas inversiones que desde el mundo científico se estaban reclamando”.


El agua: debate científico o debate ideológico

La posición del científico en los asuntos del agua no es, pero, de centralidad, como advierte Anna Ribas, que admite que en estos debates tan complejos “los científicos somos un agente más.” No se trata, pero, de ser un actor secundario, sino de saber tomar la posición adecuada. Para mantenerse en el lugar que le corresponde, la Universidad ha hecho esfuerzos como la organización del máster en Gestión del Agua, que fue uno de los primeros de su categoría en el Estado, y que tiene la misión de formar expertos con una visión amplia de los problemas para poderlos aplicar desde una perspectiva concreta.

Con todo, el debate del agua no es sólo un debate científico. Manel Serra es vicepresidente del Consejo Social de la UdG y presidente del Consorcio Costa Brava y quizás por esta característica de tener un pie en cada lado, uno dentro de la Universidad y otro fuera, se ve capaz de introducir elementos provocadores en este discurso. Serra dice que cuando se habla del agua se expresa un concepto polisémico, porque “uno no sabe si se habla del agua de boca, de la que lleva el río, de la embotellada…”. Y aún va más lejos, porque si se habla de investigación, “estamos hablando de las moléculas, los microcontaminantes, de la sequía?” Reconoce la validez de acciones como el máster que organiza la UdG, pero echa en falta un poco más de esfuerzo en cuanto a la divulgación científica.


El agua es escasa y está mal repartida

Al experto en Economía Ambiental de la UdG Renan Goetz le parece extraño que el concepto de escasez, en cuanto al agua, pueda resultar una sorpresa para muchos. Hay otros bienes que son escasos y nadie duda de su carestía. Lo que pasa es que “el agua es un bien gratuito que sólo nos hemos preocupado de ofrecer allí donde se ha necesitado, sin interesarnos por su gestión”, concluye Goetz. El agua es escasa y está mal repartida, porque hay lugares donde falta otros en los que sobra. Y no es sólo importante que haya, sino también que tenga una calidad aceptable. Esta característica es la que destaca Victoria Salvadó, que ve en la contaminación del agua un riesgo añadido a tener muy en cuenta desde ahora mismo. La investigadora pone como ejemplo el caso de la India, donde, debido a la presión humana sobre los recursos, se han perforado pozos a gran profundidad con el resultado que el agua obtenida contiene disueltos valores sustanciales de arsénico, presentes de manera natural, con el consiguiente riesgo para la salud de la población. Manel Serra recuerda también la polémica que hubo con el agua de Caldes de Malavella, que se decía que estaba contaminada de flúor, y raíz de este hilo, los especialistas denuncian la falta de adaptación de determinadas medidas políticas que se revelan poco ajustadas a las realidades locales, condicionadas por factores particulares en cuanto a la cantidad y la calidad del agua.


La universidad. De reactiva a proactiva

Para el catedrático de Ingeniería Química Manel Poch, lo que debe hacer la universidad en un tema como este es pasar de ser reactiva a ser proactiva. Poco habla de identificar los problemas para luego “hacer un esfuerzo y aplicar la experiencia.” El químico propone, desde el interés estrictamente local, que si Girona quiere recuperar el agua del Ter, el primero que debe hacer es determinar qué es lo que hay en peligro y, después, investigar para demostrarlo. No duda que los problemas del agua son diversos, pero afirma con rotundidad que “hay liderazgo, porque si no, no avanzaremos y no resolveremos los problemas”.

Parece que la universidad no sólo puede hacer el papel de investigadora, sino que también debería ser un foco de divulgación, pero para que esto vaya adelante es necesario que cambien algunas cosas. Renan Goetz explica que en Estados Unidos se pide a los profesores que hagan outreach, una especie de contribución al bien común en forma de divulgación o trabajos sociales. Esta es una característica poco extendida entre los profesores españoles, asfixiados por la investigación, la docencia y la gravosa burocracia que las acompaña. Es cierto que los medios están abiertos a las contribuciones de los expertos, como lo confirma Anna Ribas, porque “cuando he querido escribir algo en los diarios, estos la han aceptado sin crítica”, pero el modelo del profesor divulgador no cuaja y debates como el del agua se mantienen en la parte caliente de la actualidad, sentencia Manel Poch, “rellenos de tópicos carentes de profundidad”.


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